Lo imagino.



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"De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad" - Mario Benedetti. 


Lo puedo imaginar en el rincón de la habitación con su portátil encima del escritorio, concentrado en las palabras, se pregunta si lo que escribe tendrá sentido. Yo estoy acostada, con mi cabeza apoyada en la almohada y lo observo. Me pregunto qué estará escribiendo esta vez o si solo está dejando vagar su mente entre la maraña de sus pensamientos. Él dirige su mirada hacia mi dirección y me sonríe. Le pregunto qué está haciendo, pero se niega a darme algún adelanto. No me levanto ni me le acerco, no quiero interrumpir su inspiración. Regresa a su escritura. Yo lo sigo observando, lo imagino divagar en la historia, en borrar lo que no le funciona y volver a escribir. 

–Listo. Pero tengo que hacerle algunos retoques... –dice con el ceño fruncido. Me gusta como sus ojos claros se mueven de una linea a otra. Me levanto, el fresco aire de la mañana se cuela en mi cuerpo desnudo. Me acerco y deslizo mis brazos por su cuerpo mientras apoyo mi mejilla en su cabeza. Veo algunas letras, pero aleja el escrito de mi vista.
–Soy tu primera lectora. No es justo. 
–Después. Solo ven conmigo. 
Me siento en sus piernas y permito que sus manos naveguen por mi cuerpo, reconociéndolo otra vez. Sus dedos se aprietan con suavidad en mi piel y suspiro. En ese momento, éramos dos personas queriéndose, amantes en una noche desbordante de locura, más allá que dos escritores llenos de historias, más que cualquier otra cosa. 


Pero luego, despierto. 



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