Extranjera





 Texto publicado en: liberoamérica.com


Casi pierdo la identidad en la pisada de una frontera. Me despedí de todos mis recuerdos. Familiares, amigos, amores. Crucé un océano hasta llegar a una ciudad  de altos edificios y luces parpadeantes. Puedo recordar ese instante. Me sentí extraña, con una sensación vacía y en pausa. Supongo que es lo que sucede cuando emprendes un nuevo camino. Cuando decides dejar atrás todo lo que conoces para explorar algo nuevo. Lo admito. No quería conocer nada. Me sentía bien en mi habitación, encerrada en esas cuatro paredes, leyendo, escribiendo, soñando. No quería salir de ese estado de confort, rutina y costumbres. Pero tenía que hacerlo. ¿Por qué? Porque era mi destino.
No sé si mi padre intuía que explotaría una guerra, pero no dudó en aceptar la oportunidad de irse lejos de su país natal. Dejó atrás una casa repleta de anécdotas. Yo seguía aferrada a sus paredes. Del ruido en las mañanas, el frío en las noches, el sonido de los gatos, perros y pajaritos. Estudiaría en un país desconocido, para después regresar. Sería una aventura, un nos vemos pronto, pero no un adiós definitivo. Ese era el plan.
Nuevas costumbres, nuevas palabras, nuevo todo. Por días, no estaba segura de salir a explorar. Me sentía extraña en aquel apartamento, desconocía todos sus rincones. Tener que bajar el elevador, sacar la basura, a veces subir siete pisos por las escaleras porque se estropeaba muy seguido. Ver gente, tener que saludar, respetar las normas.
En la universidad intenté mezclarme. Era una cultura diferente, tenía que aprender, unirme. Los primeros días veía por la ventana y pensaba en irme. Deseaba tanto regresar. Me sentía como si no perteneciera a ese sitio. Todo desencajaba. Me volví un poco amargada y mis escritos quedaron apilados en los rincones, tachados, con algunas páginas en blanco. Me convertí en una escritora a la deriva.
Empecé a tener nuevas experiencias. Mi mente cambiaba, pero mis palabras seguían siendo las mismas. Cambié mi color de cabello, el marrón claro me hacía ver como una adolescente. El negro me hizo sentir deseada. Seguía leyendo todos los días. Compraba libros y escribía. Me enamoré, me rompieron el corazón y dejé de escribir por meses. Las palabras se quedaron estancadas en el teclado. Emprendí un viaje de aprendizaje sin ningún rastro de compasión.
Rompí también algunos corazones. En medio del desasosiego, recopilé experiencias para mis escritos. Tuve nuevas ideas y no paré de crearlas. Se trataba de fantasía o terror, no podía definirlo, pero era algo. Algo es algo, ¿no? Qué importaba lo que saliera.
Manché el primer manuscrito. Agregué una historia que arruinó el final. Me quedé sentada frente al computador viendo como los personajes se rasgaron ante mi veneno. Demasiadas muertes. ¿No podía escribir algo más severo? No, no podía. El género se me metía en los dedos. Cuando empezaba, nada me detenía. Pero taché varias cosas. Le di un poco de vida. Una razón más específica. Esto es todo, le dije a la página final. Tenía mi novela.
Estalló la guerra. Vi el primer inicio de la decadencia en la televisión, cuando el presidente murió. Algunos lloraban y otros celebraban su muerte. Era un corrupto, nadie lo extrañaría. Pero la victoria estaba muy lejos. Vino la caída de la moneda, los altos precios y el desempleo. El nuevo presidente se trataba de un hombre que no había culminado sus estudios, un hombre que nunca imaginarías que llegaría al poder. Pero llegó, arrastrando a través del muerto, un pueblo delirante de fanatismo.
Los días seguían, pero la dictadura marcaba una huella en mi corazón. Mi familia sufría el dolor de la pérdida de una democracia rasgada desde hace 15 años, ¿cómo no sentir el peso de la guerra? El estallido social causó un revuelo de esperanza, pero nada cambió, todo se fue apagando. La oposición llamaba al pueblo a la calle, pero ninguno hizo algo significativo para mantener la lucha. Se trataba de la fe de un pueblo que se moría de hambre. Se cansaron de luchar solos contra una dictadura. Todos en el gobierno querían un pedazo del país sangrante.
Me enamoré otra vez. Pero él no arruinaría mi historia, lo dejé pasar, le entregué mi espera y mi amor, pero terminó por marcharse. Gracias al cielo. Soportar sus mentiras para no quedarme sola y tener material para escribir se convertía en una verdadera tortura. ¿Acaso no podía entrever mi aturdimiento ante su manojo de mentiras? Era imposible no notarlo. O quizás él solo no quería verlo. Lo odié en cada letra, y su presencia en mi mente me atormentó unos meses. Rompí otros corazones, y su rostro se desvaneció a través del tiempo.
Amé, pero también odié. ¿No es curioso como el amor te rompe y te vuelve a construir? Es un sentimiento inevitable, incluso hasta necesario. Con sus mentiras, traiciones, pasiones, ternura. Todo en un mismo sentimiento. Me vuelve loca, y creo que a todos también. ¿Alguien no dijo que en la locura hay un poco de amor? ¿O era al revés?
Camino por estas calles, calles que apenas puedo reconocer. Subo a un bus, un chico con una guitarra sube detrás de mí para regalarnos en esa tarde calurosa, una canción. Él canta, se sumerge en su propio sentir. Después de cantar, cuando habló, sentí que mi estómago se retorció. Su acento, mi acento, lo reconocí al instante. Una mujer le dijo que se largara a su país, otras personas fueron un poco más amables. El chico bajó la mirada hacia su mano llena de monedas, dio las gracias y se bajó. En eso nos convirtió el gobierno. En gente que tiene que soportar humillaciones y abusos para poder comer. Nos odian por culpa de unos cuantos, pero… ¿El odio los hacía felices? Eso me pregunté al bajarme en la próxima parada. Me lo pregunté muy en serio.
Somos un país errante, me dije mientras caminaba.
Las personas me tropiezan, pero no me piden una disculpa. Van apresurados, pensativos, sumergidos en sus propios problemas. Yo sigo caminando, apresurada también, deseando llegar a casa pronto. Es el único sitio que es mi hogar. Una persona me espera. Él no ha roto mi corazón, y yo tampoco he roto el suyo. Camino rápido para nuestro reencuentro. Llego a casa, todo está en silencio, todavía no ha llegado. Espero mientras cocino, escribo, leo un libro. La espera no se hace eterna y en pocas horas, la puerta se abre. Sonríe al irse y sonríe al regresar. Me saluda, me abraza, me pregunta cómo estuvo mi día. Quiero decirle que fue una mierda, como la mayoría de las veces, pero me gusta su sonrisa y no quiero preocuparle. Me dice que nos vamos y le pregunto a dónde. Lejos, me dice. A otro lugar donde puedas cumplir todos tus sueños. Le pregunto si me ama, se lo pregunto todos los días. Me responde que me ama cada día más de lo que me amó el día anterior. Él acaricia mis dedos.
Espero ese día. Quiero tomar mis maletas y emprender otro viaje. Cumplir mis metas, no ser juzgada por mi nacionalidad, vivir como una persona normal. Sin un status que me identifique. Tengo que esperar un poco, pero soy impaciente. Los estallidos en las redes sociales y los conflictos diarios con personas de mi nacionalidad, me terminan por aturdir. Cierro la computadora al leer hirientes comentarios y respiro hondo.
Los vecinos me observan cuando salgo en las mañanas. Allá va la que no saluda. ¿Por qué esperan que los salude un extraño? ¿Por qué es tan importante? Me coloco los audífonos y hago como que no los estoy oyendo. El mundo exterior se desploma y la música me hace recordar que no tengo que sonreírle a nadie que no quiera. Suelo ser una amargada, pero quizás solo esté agotada.
Regreso a casa, lo veo de nuevo, sumergido en un teclado. Escribe sin parar. Tiene que solucionar un problema del trabajo, entonces me acerco y lo interrumpo a besos. Espera… espera… Pero yo no espero. Nunca lo hago. Fue una noche tranquila, casi al finalizar, me dice que nos vamos. ¿A dónde? Le pregunto. Me dice que a un país nuevo y diferente. Nos vamos, me repite.
Veo a lo lejos, desde mi ventana, una ciudad que nunca descansa. Me levanté y me acerqué. Un parpadeo de luces iluminó mi rostro. Recordé la guerra en mi país, en mi novela, en lo que dejaba otra vez. Me retumbó una emoción en todo el cuerpo.
Nos vamos, me repite.

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