Trozos de historias






Texto publicado en: liberoamerica.com


Escribo terror porque es la única manera de proteger a todos mis monstruos.

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Detrás de mí, una estela de dimensiones construye lo que soy ahora. Lo que seré en el futuro.

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Creo en Dios, pero no en la iglesia. Dicen que es lo mismo. ¿Eso convierte a Stephen King en It?

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No recuerdo todos los libros que he leído. Creo que ni siquiera recuerdo la mitad. Lo único que puedo recordar son las huellas de esas historias. No en mí: en mis letras.

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Comencé a escribir desde muy pequeña. A mano hasta mis quince años. Mi escritura se volvía más y más oscura a través del tiempo. Ya en mi edad adulta pude entender lo que eso significaba. Estaba reconociendo mi género, pero también escapaba de los otros.

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Escribo palabras que voy dejando en el olvido.

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Corrijo mis libros solo tres veces. Si lo hago una cuarta, se comienza a entrever otra historia.

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¿Qué sería de la literatura si todos fuéramos felices? Mataríamos más de una buena historia.

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Tengo demasiados cuerpos guardados en el congelador. Solo los dejo salir cuando voy a escribir una historia. Tú también eres uno.

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Leer y escribir un poco es parte de mí día a día. No siempre tengo ganas de sentarme frente a la computadora, como cualquier otro escritor, también tengo días malos, pero curiosamente… En mis momentos más duros, es donde encuentro esa desbordada imaginación. En la tristeza, en el dolor e incluso en la rabia, escribo más. Supongo que mi inspiración se siente atraída por lo marginado, entre la oscuridad que a veces me arrastra.

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Hoy fui a un chequeo con un nuevo ginecólogo. Él, para hacer charla, me preguntó a qué me dedicaba. Le respondí que trabajaba para una contratista y también que era escritora. Me preguntó si escribía novelas o poemas. Le dije que novelas.

“¿Has publicado una?”

Dos, de hecho.

Me hizo sentarme y elevar las piernas para la revisión. Se emocionó y empezó a buscar mi nombre en Google.

“¿Eres una best seller?”

No, no. ¿Me hará un eco?

“Sí, sí. Oye, ¿pero es para adolescentes o para adultos?”

Yo, con las piernas todavía abiertas y un aparato frío dentro de mi vagina, le contesté que sí era para adultos.

“Oh sales en Google, es muy cool. Estoy atendiendo a una escritora”

Sí, claro, cool.

Quitó el aparato y comenzó a buscar en su teléfono mis libros. Cuando los encontró en Amazon los compró.

“Mira, ya los tengo”.

Genial. ¿Ya puedo bajar las piernas?

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He sido herida tantas veces que no recuerdo cuantas fueron, pero ahí están, en mis letras, ardiendo en mí.

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La amas solo cuando la dejas ir.

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El amor me hizo ser más humana, pero también me hizo destructiva.

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Con todos tus trucos sucios, al parecer estamos creando una historia de amor.

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Una botella de whisky todavía se encuentra en mi cabeza mientras hablamos.

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¿Por qué estamos juntos esta noche? ¿Por qué tenemos miedo de quedarnos solos?

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Él tiene una forma peculiar de dormir. A veces está casi encima de mí, en otras, apoya su cabeza cerca de mi cuello. Su respiración me provoca un leve cosquilleo y con los ojos cerrados recuerdo que mis pesadillas han disminuido.

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Sigo una corriente sin saber a dónde me lleva. Pero la sigo, en medio de todo el desconcierto, me dejo arrastrar hacia las respuestas. O hacia la incertidumbre.

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Recuerdo los golpes y las marcas. Pero más recuerdo las palabras, esas que me aturdieron por mucho tiempo. No entendía por qué lo hacía. ¿De dónde venía tanta violencia? ¿Qué daño le hizo el mundo? ¿Qué daño le hice yo? Claro. Fue por no ir a comprar un paquete de cigarrillos.

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Todos estamos de paso. A veces dejamos una estela, una marca, una caricia, un olor, una mirada, una palabra que nunca olvidamos. Las experiencias me han demostrado que no soy indispensable. Somos reemplazables.

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Nunca me preocupé por encajar en el mundo literario. Desde siempre sentí que ya pertenecía a el.

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Escribo terror, pero igual enciendo todas las luces en la noche al ir por un vaso de agua.

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Yo: Ese anunció está muy bien, pero… Las mayúsculas deben tener acentos. Es un error ortográfico no hacerlo. Colocaste “CONSTRUCCION” y esa palabra lo lleva.

Publicista: No se ven bien los acentos en las mayúsculas para publicidad.

Yo: … Yo tengo que verte a ti, que no te ves muy bien y no me quejo.

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Nos quedamos hasta tarde despiertos en la cama y recordé cuando lo conocí. Le pregunté si recordaba nuestros paseos en motocicleta. Me respondía que claro (medio despierto y medio dormido) y yo le seguía hablando… “Lo recuerdo por lo increíble de nuestra historia. Ese día comiendo sushi, tu atrevimiento, ese silencio cómodo. Luego cuando nos fuimos, y antes de cruzar hacia donde vivía, me dijiste contra el viento que nos agitaba, que me darías un tour por tu casa. Llegamos, comenzaste a mostrármela de un modo muy gracioso, pero todo se interrumpió cuando un cliente te llamó. Yo no me aguanté y te besé el cuello mientras intentabas coordinar las palabras en la llamada. Terminaste por tirar el teléfono en una silla y me besaste. Te pregunté si no ibas a contestar y me respondiste que no, que ahora estarías muy ocupado. Entonces supe que ese sería el comienzo de una gran historia”. Me preguntó si fue antes o después de vivir juntos. Le respondí que antes, por supuesto. No fue ese sushi por la Ciudad del Saber, fue otro. ¿Recuerdas…? Luego me respondía, entre murmuros, que recordaba todo. Sentí su pesada respiración cerca, supuse que se había quedado dormido. Dijo entre sueños que me amaba. Yo le respondí que también, sin saber si me escuchó. Me despedí de la noche con esas imágenes.

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Cuando estaba en el colegio, odiaba (y aún odio) la matemática, física y química. No las entendía y eso me frustraba mucho. Recuerdo que un día, el profesor de química, dibujó en el pizarrón el “Titanic”. Entonces dijo que explicaría las notas finales como si fuéramos los pasajeros. Yo, como siempre perdida en mi imaginación, le presté atención porque me pareció gracioso. Mientras dibujaba muñequitos (que éramos nosotros) explicaba nuestros lugares en el barco (o fuera de este). Algunos quedaron dentro, otros se lanzaron al agua, los ahogados, los que corrían. Cuando le tocó dibujarme a mí, lo hizo bajo el mar, con medio cuerpo en la boca de un tiburón. Claro, supe que tan mal era mi nota, pero también recuerdo haberle dicho: “No colocó a nadie en botes salvavidas. Todos estamos en el barco o fuera de este. Los que están adentro, terminarán por hundirse”. Entonces me respondió: “Exactamente”.

Después de ese día, comencé a prestarle más atención a la materia de química. Pero nunca olvidé mi imagen siendo devorada por un tiburón.

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Mientras estaba en un restaurante un niño se me acercó para venderme unos caramelos. Le pregunté cuánto costaban y me respondió: “Un dólar. De esas moneditas, ¿cómo es que se llaman…?” Y me extrañó. Su gran educación y amabilidad se me hizo familiar. Se le cayeron unos caramelos y con su angustiada expresión me pidió disculpas de forma muy dulce. Le pregunté de dónde era porque no conocía las monedas y me dijo que de Venezuela. Mi corazón se partió en dos y se me hizo un nudo tanto en la garganta como en el estómago. Le pregunté qué hacía solito en las calles y solo guardó silencio. Él se despidió con un “gracias, amiga”. Creo que si en ese momento no estuviera en una reunión, hubiera llorado.

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Siempre seré venezolana. Aunque viva en otro país, si por algún problema esté obligada a naturalizarme de otra nacionalidad… Incluso así, Venezuela seguirá estando en mis venas. Digo con orgullo que nací en la ciudad de los crepúsculos, en la tierra musical y artesanal llamada Barquisimeto. Siento un escozor cuando confunden mi nacionalidad, cuando me dicen “ya eres de aquí”. Puedo sentirme bien y agradecida dónde estoy, pero mi verdadero hogar siempre será Venezuela. Aunque cada día, por la situación, me desgarre. Me llueve el tricolor.



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