Te llevo en mis venas (cuento finalista del II del concurso literario TODOS SOMOS INMIGRANTES de cuento breve 2018. México)




Hundió los dedos en la tierra. Quería sentirla en sus pies. Hacía mucho calor, el sol brillaba con intensidad sobre su cabeza. El viento soplaba, pero era una brisa caliente. Sudaba, su cuerpo entumecido por la caminata, necesitaba descanso. Frente a ella se extendía una ciudad desconocida y silenciosa. Si miraba hacia atrás, veía un pueblo lleno de color y vida. Se veía correr entre los árboles, gritando de alegría. Sentarse a comer mango por las tardes mientras sus amigos la alentaban a ir hacia el río para lanzarse desde los altos árboles hasta el agua fría. Se veía entrar y salir de una casa pintada de azul, gritar que pronto regresaría, pero no lo haría hasta el anochecer. Se veía besar a un chico en la esquina, tomar una mano, escuchar una historia. Si miraba hacia delante, veía un lugar sin explorar. Altos edificios sin conocer, calles sin recorrer, personas por conocer. Los veía compartir la comida, reírse en las conversaciones, sentarse a tomar un café, luchar por sus derechos. Se adentraría a un sitio de oportunidades y nuevas experiencias, pero el miedo por lo desconocido, era el subidón de sus emociones. 


Un leve temblor la hizo casi perder el equilibrio, miró hacia atrás, el pueblo se elevaba en una mota de polvo. Pestañeó, su vista era borrosa, apenas lograba distinguir los altos árboles. Otro temblor. Ella cayó. Las casas comenzaron a caerse, una detrás de la otra, se rompían en distintos fragmentos. Todo el lugar empezaba a desvanecerse. Su corazón palpitaba al mismo ritmo que los muros al caer. La tierra también se partió en diferentes direcciones, y una de ellas, la alcanzaba. 

Corre.

Dejó escapar un grito y aferró sus manos en la frontera. La ciudad frente a ella aún seguía en calma, con el viento soplando en dirección a las risas. Sus dedos, adoloridos, seguían aferrándose. Sentía sus piernas caer, todo su cuerpo la jalaba hacia abajo. 

Puedes hacerlo. 

Las lágrimas y el dolor la salpicaron, pero aun así, se fue arrastrando hacia el sitio desconocido. Sus manos se hundían, sus pies se agitaban en el aire. Quería llorar por la pérdida de sus recuerdos, pero también necesitaba salvar su vida. Sentía que se despojaba de todo, incluso de su pasado. La tierra la sintió en la punta de la lengua. Miró por última vez el pueblo en cenizas. Lo sintió palpitar en su sangre. 

Te llevo en mis venas

Alguien se acercó y le extendió la mano. Ella, sin dudarlo, la tomó.
—¿Estás bien?
—Sí. 


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