Carta de Verónica a Sergio (II)

mayo 18, 2018





Hoy fui a tu casa. ¿Sabías que los muros se están cayendo? Las flores que regabas en las mañanas se han marchitado. El color amarillo de las paredes casi ha desaparecido. La puerta, cerrada, me recuerda los días en los que iba a verte para comentarte sobre mis viajes a Europa. Tu sonrisa, esa cálida mirada y las risas. Ese amor que derrochabas en cada caricia. 

He dejado esta carta en la entrada —ya sé que es absurdo, porque la casa lleva años en soledad —, pero fue una desesperada manera de soltarla. Tenía que hacerlo de alguna forma. Además, si quisiera enviártelas, no sé dónde estás. Sé que quisiste ir a París, me contabas sobre sus calles mágicas cuando terminábamos de hacer el amor. Te perdías en las palabras, hacías largas pausas, te fumabas un cigarrillo y volvías a hablar sobre una ciudad desconocida. Yo te escuchaba porque siempre tenías algo interesante que decir, incluso con tus chistes malos y tu soberbia. Me decías: después de leer a grandes autores, ya nada me sorprende. Esas palabras se quedaron navegando en mi cabeza por mucho tiempo.

Ayer olvidé las llaves del auto en la tienda de la esquina, también olvidé sacar la basura y ordenar las compras. Cada día, los recuerdos se van rasgando. No sé por cuánto tiempo pueda recordar, Sergio. Siento nuestros momentos irse en lentitud dolorosa. He llorado mucho y ya sabes que no soy persona de llorar. Pero, ¿cómo no hacerlo? Te he amado por años y no quiero olvidarte, aunque el destino sea cruel y no posea el dominio de mi mente. Sigo creyendo que mi corazón, aunque no recuerde imágenes, logre recordar los sentimientos. Esos nunca desaparecen, ¿verdad? 

Cuando nos conocimos, en el bar del centro, te hablé sobre mis escritos. Me hiciste críticas muy buenas y otras no tanto. Creo que te cuesta ver más allá de los libros que lees, supongo que es parte de tu vida como lector efervescente. Me guiaste hacia los mejores autores, con tus palabras elocuentes y esa sensibilidad por los libros. Te admiré y también te odié en distintas oportunidades. Tu orgullo, Sergio, fue el detonante de mi distanciamiento. Por supuesto que admito ser la autora de nuestro desgaste, a pesar de tener todos mis motivos. 

Siempre fuiste muy bueno con las palabras, me enamoraste con extensas cartas sobre tu vida y la mía, pero también sabías herir. Y lo hiciste, Sergio. En tantas oportunidades que debí dejar de amarte, pero no pude, aún no puedo. Este amor me sofoca, por eso escribo sobre nosotros, seguiré escribiendo mientras quede sentimientos dentro. ¿Te odio ahora? No, Sergio, no te odio. Siento tristeza, una tristeza que a veces olvido y es reemplazada por el desconcierto —esto se lo atribuyo a mi enfermedad —, y todas esas emociones me aturden. Me aturde seguir pensándote todos los días. Me aturde pensar en dónde estás y con quién. 

Volviendo al odio… ¿Qué era lo que decía? Claro, que no te odio. Aprendí que no puedo perder mis últimos años de vida odiando a las personas, ¿no crees? Ahora que lo recuerdo, hablaba también de tu orgullo. Ese que te resguardas como una especie de escudo que termina destruyéndote por completo. Nunca me buscaste, en ninguna de nuestras discusiones, siempre fui yo la que pisoteaba el orgullo. Iba por ti, te escribía, te mandaba cartas y me sentaba frente a tu casa a esperarte. Siempre fui yo. Quizás por eso no te busco, Sergio. Quizás por eso escribo estas cartas que nunca vas a recibir, son como una especie de terapia para todo lo que cargo encima. No quiero saber dónde vives ni con quién estás. No me importa, Sergio. Lo único que me importa es en soltar todas estas palabras. Decir algo, seguir recordando. Verás, lo hago por mí, no por ti. Sé que nunca volverás porque no iré a tu búsqueda, pues ni siquiera en mis cumpleaños me enviaste una nota, cuando yo, en tu cumpleaños, te envié un ramo de flores con una nota que decía: Aún te amo.  Sé que las recibiste, Sergio. El hotel me lo confirmó. Mi hermana me dijo que es posible que me odiases y yo le dije que sí, que era muy posible. He perdido la fe. He perdido la esperanza en nosotros. 

Una vez te dije: con todos tus trucos sucios, al parecer estamos creando una historia de amor. Agridulce, ¿no, Sergio? 

Lo he perdido todo, Sergio. Pero, ¿odiarte? No. Ha habido otros después de ti, otros amantes, otros caballeros con y sin orgullo. No tienen tu soberbia, pero tienen tu encanto. ¿Los he amado? Tal vez logre amar a uno de ellos, no están nada mal, verás que mi hermana se vuelve loca por un escritor que va a visitarme los fines de semana. Es guapísimo y no escribe tan mal. Un poco como Benedetti y Neruda, y lee muy bien a Julio Ramón Ribeyro. Le gusta tanto como a mí. Se va adentrando, aunque no lo suficiente. Sigo enganchada a tu piel bronceada, a ese curioso pestañeo y estridente risa. Esos silencios. Podíamos estar horas sin decir una palabra, en un estado de confort en el que los dos disfrutábamos. Luego venían las explosiones, el sexo desbordado y la locura. Sobre todo la locura. 

Todavía falta mucho por contar, Sergio. Te has perdido tres años de mi vida. Ahora, te imagino en un pequeño apartamento, escribiendo a máquina todo el día y con un cigarrillo en la punta de los labios. Te imagino repasar tu tesis… ¿O ya la has concluido? Tomar libros, olerlos, sentarte frente a la ventana, tal vez con una mujer cerca, tocando sus muslos mientras recorres la mirada por el paisaje. Entonces recuerdas, porque nunca puedes olvidar y deseas que esos muslos fueran otros. Te conozco tan bien que sé que has llorado y sufrido. A mí también me duele, ¿lo sabes?

¿Recuerdas el anillo de compromiso que me obsequiaste antes de irte a Argentina y tu promesa de casarte conmigo al regresar? Te tengo una historia interesante al respeto y te la contaré en la próxima carta. Estoy cansada y me duele la vista. He olvidado mucho el día de hoy, quiero irme a la cama sin olvidarte a ti. 

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