Crítica y ficción, Ricardo Piglia (II)



“La literatura se construye sobre las ruinas de la realidad. Las ciudades de la literatura han existido pero ya están destruidas. Todas son como la Ítaca de Odiseo, lugares reales que se han perdido. Por eso cuando uno recorrer un lugar que ha leído (por ejemplo, el Buenos Aires de Borges o de José Bianco) solo encuentra fragmentos, como si se tratara de recuerdos de infancia. Todo es más nítido en la literatura, todo parece más amplio y más misterioso. Cuando estuve en Cambridge, Massachusetts, y busqué los barrios por donde había andado Quentin Compson (y donde había encontrado a la nena perdida), lo único que encontré fueron restos y calles vacías”.

En mi primero libro, El acecho de los inmortales libro I, describo a un tranquilo Barquisimeto (Venezuela). Narré sobre los lugares en los que me aventuré y crecí. Si hoy regreso a los mismos sitios, no encontraré lo que antes vi. Ya no veré esas anchas y largas calles silenciosas, tampoco ese aire en el que respiraba paz. El país está sumido en una guerra que no descansa, que no para. Las personas mueren de hambre, la corrupción es parte de nuestra historia. La realidad nos empujó a lo desconocido.

Yo también quisiera conocer el Buenos Aires de Borges, pero las expectativas siempre son más grandes que la realidad. Tal vez no veamos ese halo misterioso, esa historia marcada en sus paredes, pero sí podemos leerlas. Yo no las vería si regreso a mi ciudad natal. Prefiero las ciudades a través de los ojos de sus autores.

“Lo que puede aparecer como una amenaza está siempre antes de empezar a escribir, la posibilidad de no entrar, de no concentrarse. Quedarse de este lado, escribir mecánicamente, sin inspiración. Siempre se pueden redactar cinco páginas por día, el problema no es ese, el problema es conseguir que el texto tenga vida. Por eso a menudo se habla de ciertos espacios o de ciertos rituales donde la entrada es posible. Kafka era el más maniático porque era el mejor, quería estar encerrado en un sótano y que un desconocido le dejara la comida todos los días en la entrada del pasillo. Bernhard ha convertido la preparación, el paso, el aislamiento y el encierro en la torre en el tema de sus novelas, por eso les gusta tanto a los escritores. No cuenta otra cosa. Hay tradiciones y otras formas de garantizar la entrada, el café, la anfetamina, el alcohol, o formas más románticas como cuando Hemingway dice que solo puede escribir cuando está enamorado”.

Mi proceso de escritura no tiene un ritual en especial. A veces escucho música, pues me ayuda a crear un puente a mi imaginación. Las ideas vienen solas, en cualquier momento, incluso cuando estoy comiendo o duchándome. Las dejo cocer en mi mente por horas o días. Escribo más cuando estoy herida o enojada. La inspiración brota como un volcán cuando esas emociones me golpean. Pero no hay un proceso especifico. El ruido me molesta y me aparta de la inspiración, también la luz. Me cuesta un poco escribir cuando están todas las luces encendidas. Mi inspiración se siente atraída por el silencio, por lo oscuro y lo marginado. (incluso también de mi oscuridad interior)


*sigo en el proceso de lectura de este gran autor. 

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