Carta de Verónica a Sergio (IV)




Publicado en: liberoamerica.com

Esperé tus cartas el primer año y al inicio del siguiente. Mientras me dirigía hacia el correo, sentía una opresión en el pecho, una sensación de angustia y temor. ¿Y si no me habías escrito? No me quedaba de otra que soportar la expresión lastimera del señor Matías, el encargado. Me esperaba con una taza de café todos los miércoles. La pobre Verónica, decía cuando me daba la vuelta para regresar a casa. No sé si tiene esposa o hijos, pero recuerdo ese rostro ovalado y grasiento que me recibía con una profunda negativa y un falso optimismo. No quería escucharlo, por eso me despedía con prontitud, con las emociones arañadas. Esas sensaciones nunca me abandonaron.

Al inicio del segundo año, comprendí que nunca más volvería a saber de ti. No podía seguir esperando tus cartas, no podía seguir haciéndome daño. Frente a todos los perjurios, mantuve una fe dudosa. Esperé y esperé por tanto tiempo que apenas recuerdo por cuánto. Mi hermana me lo reprocha seguido, Sergio. Ni te imaginas lo malhumorada que se ha convertido. Ya no es la chica pecosa que conociste hace años, con sueños de viajar y fotografiarlo todo. Mi soledad se convirtió en la suya. Soy una especie de carga para ella.

Recuerdo algunas de nuestras salidas y de los encuentros secretos bajo los faros de la esquina de tu casa. Nuestro primer beso fue tímido y tembloroso. Temblaba de pies a cabeza, con el corazón agitado y las mejillas sonrojadas. Me tomaste de los hombros y me brindaste ese calor que apaciguó los temblores. Te acercaste, sonreí y me embriagué de tu aroma por unos segundos. ¿Era café lo que olía? Ese beso fue el fuego que nunca se apagó.

¿Puedes recordar nuestros paseos por la playa, en silencio, con el rocío del agua golpeándonos en el rostro? Tomabas mi mano, la acariciabas y empezabas a hablar de un libro que habías leído sobre el mar. ¿O tenía que ver con el título? Apenas puedo recordar los detalles, pero sí recuerdo tu voz luchando contra el intenso viento, esa mirada perdida en algún lugar. Te abrazaba, me reía de tus chistes malos y después corría por la orilla con los brazos extendidos. Gritabas que tuviera cuidado y yo reía diciéndote que eras demasiado viejo como para alcanzarme. Ponías esa cara que decía: no me jodas, Verónica. Después me besabas con pasión y tus manos, hacían un conocido recorrido por mi cuerpo, haciéndome temblar de nuevo. Podíamos estar un día entero haciendo el amor sin agotarnos. ¿No era esa la dicha que nos unía? ¿Esa intensidad no fue el descargue de nuestras locuras?

Esperar ha sido el peso que agotó mis esperanzas. Dejé de creer en todo lo que habíamos vivido. Dejé de creer en nosotros, dejé de pensar y me mantuve en una pausa silenciosa. Mi hermana fue una gran ayuda en el primer año, aunque en el segundo se enfurecía cada vez que decía tu nombre. Sergio. Se acercaba, me tomaba de las manos y me jalaba, en el trayecto, le decía que por favor no me dejara en ese lugar, pero ella no me escuchaba. Me lanzaba en una oscura y húmeda habitación —en la que murió mi abuelo —, y me decía que si no paraba con mis delirios, me mandaría a un loquero. Yo me silenciaba. Ese era el castigo por amar como amo, por ser tu amante y tu tormento. No hay sitio más terrorífico que ese, Sergio. Lo único que veía en los siguientes días era a mi hermana y los platos de comida que me traía. Ya sé que piensas en lo que cruel que fue, pero yo también lo fui conmigo misma. Era cruel y no podía ver más allá del amor que te profesaba. Quería salir en tu búsqueda, y otras veces deseaba tanto que salieras de mi cabeza. Le gritaba a las paredes que hoy te dejaría de amar, sin creer en ninguna de mis palabras. Creo que no era la única. Un ruido, suave y lastimero, se extendía por la habitación en una negativa. ¿Era mi abuelo? ¿O era mi propia voz?

Ya basta, Verónica. Sergio debe estar en París, con sus amantes, escribiendo, leyendo y fumando como una puta. ¿Crees que tiene tiempo de pensar en ti? Me decía mi hermana.

Le respondía que estuvimos juntos por años, que no podía soltarte, que me dolía.

Ella me replicaba por la puerta entre abierta: Él ya te soltó.

¿Me soltaste, Sergio? ¿Cuándo? ¿El primer año o el segundo? ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo dejaste de amarme? Quisiera saberlo y quisiera entenderlo también. Nuestra historia, pasional y romántica, no puede soltarse. No así. No puedo aceptarlo. ¿Cómo no lloras? ¿O sí lo haces? ¿Te duele tanto como a mí?

Ayer estuve en tu casa, fui a dejar la tercera carta. Lloré arrodillada entre el montón de maleza podrida y piedras, lastimándome la piel, pero sin dejar de llorar. Sentía miradas en mi espalda, pero no me importó. Creo que hablé con alguien, aunque no puedo recordarlo con claridad. Ya sabes, amor, la enfermedad sigue avanzando. Cada día al despertar, sé que he olvidado algo importante, y sigo intentando que mis recuerdos se mantengan. No sé por cuánto tiempo, Sergio. Estoy muy agotada, con pocas ganas de levantarme de la cama. Me ha deprimido desde la primera visita del doctor. Mi tía, la que vive en Valencia, viene dos veces al mes. Me mira como si tuviera cáncer terminal y me acompaña hasta para ir al baño. Es tan tedioso. Odio sus visitas. Quizás la edad me está afectando y necesito estar sola. ¿No es eso lo que sucede cuando te rompen el corazón? La soledad me sostiene y en estos tres años, no me dejo soltar. Es mi compañera de vida, mi única esperanza.

He escrito mucho, Sergio. Cuando me marche, heredarás mis libros y poemas. Tal vez en mis textos, puedas encontrarnos. Es tan trágico, ¿no crees? Me refiero a nosotros. Somos tan trágicos.

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