Carta de Verónica a Sergio (VI)

junio 19, 2018





Nada tiene sentido. Ni lo que siento, ni lo que espero. Me acerqué a la ventana y miré hacia la calle que baja al cruzar de la casa, entre los árboles y dos abastos. Un poco más allá veía el correo. Tuve la tentación de ir, como en el primer año, en búsqueda de una carta que nunca llegará, pero contuve mi agitación. Me contuve porque me dolía saber que no volverías a escribirme. Entonces me alejé y me senté a escribir la siguiente carta.

Estos días han sido tranquilos y olvidadizos. A veces siento que me estoy perdiendo, mi mente se está desvaneciendo y todo lo conocido será borrado o reemplazado por breves recuerdos. Intento sostener nuestros momentos, aunque muchos de ellos se han esfumado. Me cuesta entenderme a mí misma, no puedo encontrar la forma de comprender lo que realmente quiero. ¿Es esta vida que esperé? ¿Cómo me separo de la melancolía y del profundo dolor? Alzo la mirada hacia la ventana, la cortina azul se balancea y las nubes grises ocultan mi visión. Me viene el impulso y lo vuelvo a sostener. Se mantiene quieto, apacible, hasta que olvida por qué regresó. ¿No te parece una tortura, Sergio?

Converso contigo a través de estas cartas aunque nunca las leas, porque es una forma de liberar lo que pienso. De volver a lo que éramos, de sentir un poco menos, de soltar lo que me perturba. Te extraño todos los días y es una sensación que se vuelve sofocante, entonces grito y lloro al mismo tiempo, luego me siento en el sofá y calmo mis emociones. Calma, Verónica, todo va a estar bien. En algún momento, dejará de doler tanto. Pero, ¿hasta cuándo, Sergio? Han pasado tres años. Tres largos años. Es una condena a mi alma, una condena a nuestra historia.

Recordé cuando nos quedábamos hasta altas horas de la noche en la librería de tu padre. Él no lo sabía, por supuesto, nos escabullíamos por el pasillo secreto que construiste en tu adolescencia. Una forma de encontrar sus secretos, me dijiste. Me guiabas por un largo pasillo de tierra, después movías un cuadro sobre el paisaje del Amazonas y entrábamos. Leíamos mucho y reíamos mucho también. Hicimos el amor varias veces entre los libros, evitando no estropearlos, pero riéndonos a carcajadas. Me dijiste que no me preocupara por nosotros, que íbamos a estar bien. ¿Era una dulce mentira, Sergio? ¿Cuándo dejó de estar bien? ¿Antes o después del incidente del médico? Nunca nos atraparon en nuestras salidas, quizás porque eras muy astuto, porque sabías los horarios de tu padre o porque simplemente teníamos suerte. No lo sabíamos, pero éramos tan felices en aquella época. ¿No lo recuerdas?

Solo quedan cuatro cartas, Sergio. Espero llegar a la cuarta, por supuesto. De lo contrario, tal vez algún día, las encuentres y puedas entender o al menos entenderme un poco más. Soy una mujer impaciente, perturbada y solitaria, pero tú siempre fuiste lo que necesitaba para dejar de serlo. Esperaba lo que tenía que esperar para conversar contigo, sin importar que afuera estuviera lloviendo. En esa dicha, me pediste casarnos. Ahora que lo recuerdo, fue tan irreal. Estabas de pie frente a mí, sonriendo, con los dedos temblorosos sacaste el anillo de tu bolsillo. Entonces lo deslizaste en mi dedo y me prometiste que sería para siempre. Te amo, aquí y ahora, Verónica. ¿Qué importa el resto? Dijiste con una convicción que me hizo sonreír y decirte que sí. Incluso la planee tantas veces, el vestido, los invitados, la comida, todo. Una boda que nunca se celebró. Una unión que quedó suspendida, olvidada, en el pasado. Pero, ¿por qué no luchaste un poco más por nuestro futuro? ¿Por qué me dejaste luchando sola y abandonada? ¿Por qué te fuiste? ¿Acaso es París mejor que yo? ¿Es París mejor que nosotros?

¿Yo no era suficiente? Quizás no. Tal vez necesitabas más. Siempre necesitaste a París. Fue una idea que germinó en ti desde la adolescencia y se mantuvo a medida que nos amábamos. Sé que tuviste breves planes de llevarme contigo, pero nunca supe si esos planes eran reales. No sé cuánto me amabas, no sé si es necesario saberlo. Quizás no lo sea, Sergio. El médico vino a visitarme hace poco, con esa expresión trágica y una sonrisa afable. No le pedí información y le ordené no decirme nada. No me importa saber cuánto tiempo me queda, ¿sabes? Tengo que terminar las cartas. Tengo que hablarte por última vez.

Espero que la incertidumbre no te lleve a pensar que mi amor ti ha sido olvidado. Nunca dejaré de sentir, incluso después de mi muerte. ¿No lo entiendes? Me marcaste. No puedo desprenderme de este amor aunque lo intente. Por eso lo escribo y no me detengo. Está asomado en mis escritos, se mantiene ahí, latente. Como un recordatorio de vida. Un recordatorio de una mujer que vivió, amó y murió. Estoy muerta desde que te fuiste. Estoy muerta para ti.

¿Ya te había dicho lo trágicos que éramos? ¿Cómo es París, Sergio? Cuéntame. ¿Hace frío o calor? ¿Eres feliz o desdichado? ¿Me extrañas o me olvidaste? ¿Esa mujer a tu lado llena el vacío que te dejé? ¿Cómo han sido estos tres años? ¿Piensas en mí?


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