Cuando estamos solos

 

Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos
y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad.
Guy de Maupassant

 

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¿Qué se siente la soledad? ¿El encierro? ¿La ausencia de las personas? ¿La ausencia de las cosas? Me hice esas preguntas cuando se conoció la noticia de la pandemia. Luego vino el miedo a lo desconocido y la debilidad. Nunca antes había experimentado algo así. Antes de intentar comprender lo que significaba, el país cerró sus puertas. Nadie podía entrar ni salir. No se declaró cuarentena total de inmediato. Estuvimos unos días en pausa, tal vez el gobierno intentaba buscar la solución correcta en el momento adecuado. ¿Y podemos culparle de no actuar a tiempo? No lo sé. Quiero decir, nadie estaba preparado para una pandemia. Era cosa de esas películas cliché con personajes corriendo de un lado a otro mientras uno de ellos se convierte en un zombi. Era cosa del pasado, de la Gripe Española y de la Peste Negra. Pero no de ahora. Habíamos evolucionado en mente y tecnología, ¿no?

De repente, todo se nubló. Una enorme nube gris pasó por el edificio donde vivo. La miré con una sensación extraña en el cuerpo, observé a las personas caminar, los autos pasar, las conversaciones de mis vecinos. Nunca había escuchado tanto ruido. Fue como si el mundo afuera se estuviera despidiendo por última vez de los sonidos, para después darle paso al silencio.

Empezamos a vivir en un mundo desconocido, raro, temeroso. Con gente igual de desconocida, rara y temerosa. Un día salí en búsqueda de provisiones. Nunca antes había sentido tanto miedo de salir de casa. Pensaba en todo lo que leí sobre el virus: no acercarse a las personas, no hablar, mantener siempre la distancia. ¿Lavar lo que compraba? Este último me pareció exagerado, pero lo hacía. Limpiaba el pomo de mi puerta, dejaba los zapatos en la entrada, me lavaba constantemente las manos y me iba a duchar. Me quitaba las bacterias, el virus, cualquier cosa que llevara encima. Mi rutina se convirtió en mi propia supervivencia.

Y cuando llevaba a casa, me ponía a pensar. Al inicio, el trabajo se detuvo más de la mitad, solo trabajaba con dos clientes. Contaba con todo el tiempo posible para hacer cualquier cosa, escribir, crear, ver películas. Antes del desastre, hacía talleres y charlas sobre el género de terror. Era feliz hablando de lo que me gustaba con personas que hablaban conmigo sobre lo mismo. Todo se sumergió en recordar los errores, lo que dejé ir y lo que dejé entrar. Tenía demasiado tiempo para pensar sobre mí. ¿Era normal todo aquello? ¿Era normal darme cuenta de que posiblemente el mundo no sería igual después de todo? Quizás era necesario. Tal vez todo se resumía a un extraño mensaje del universo para todos nosotros. Sin embargo, ¿cuál es el verdadero mensaje?

A veces, cuando estoy sola, comienzo a imaginarme viajando hacia un país de Europa. Camino entre calles angostas, veo poca gente, buena comida y música. Termino ese viaje en una pequeña casa hogareña, con plantas alrededor, un lago enorme y oscuro. Es un lugar apartado del pueblo. Al llegar, me siento al borde de los escalones para mirar el camino de tierra que hay frente a mí. Estoy descalza. Estoy sonriendo. Estoy disfrutando de ese silencio, del sonido de algunos animales a los lejos. De lo imposible que es para algunos llegar a donde estoy. Entonces recuerdo todas las películas de terror que he visto sobre esos lugares apartados y me levanto, entro y cierro la puerta con todos sus cerrojos.

La casa está callada.
Mi mente se detiene.
Mis pasos suenan en la madera.
Hay alguien.
Hay una voz.
¿Apago la luz?