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 Cuando abrí los ojos, vi a una persona inclinarse para recoger un producto de limpieza mientras gritaba por el celular que era el único que quedaba. Ya no hay más, ¿qué quieres que haga? Iba diciendo. Sus gritos me pusieron nerviosa, pero no solo a mí. Todos tenían miedo. Cuando observé mejor a la mujer, comprendí por qué estaba gritando. Tenía puesta su mascarilla y tal vez creyó que la persona al otro lado de la línea no era capaz de escucharla bien. Nadie se acercó a nadie. Mantuvimos nuestra distancia. No por sus gritos, sino porque ella podía ser el enemigo. ¿El enemigo? Sí, el enemigo. El virus. La cosa rara que se te mete dentro y te mata. Las mujeres caminamos en silencio, distanciadas, sin hablar, sin mirarnos. Por unos instantes, mientras caminaba con mi bolsa, pensé en lo mucho que esa escena se parecía a El cuento de la criada de Margaret Atwood. Un grupo de mujeres comprando en el supermercado, medio tapadas, con la prohibición de hablarse entre ellas. Me dio un escalofrío.

En Panamá, como medida para evitar las aglomeraciones, las mujeres salíamos los lunes, miércoles y viernes. Los hombres los martes, jueves y sábado. Volví a pensar en El cuento de la criada.
Es solo un libro, me dije.
Avancé con rapidez y tomé lo de la lista.
Tenía que irme de ahí. El virus estaba en todos lados.

Llegué a Panamá en septiembre del 2011. Había estado un año entero encerrada en mi habitación en Barquisimeto, Venezuela, sumergida entre libros y muy malos escritos. Tenía 18 años. Cuando llegué, me pareció un lugar mágico. Con sus altos edificios, árboles y personas hablando con un acento diferente, desconocido. El calor y la humedad me hicieron enfermar, pero al poco tiempo me acostumbré al clima tropical. Me acostumbré un poco, para ser sincera.

Llegar a un país que no conoces es desconcertante. Quería aprender, pero también tenía miedo. ¿De qué? No lo sé. De las personas, quizás. Estuve mucho tiempo encerrada en mi propio mundo, apenas podía comunicarme correctamente.

Mi primera confusión fue el dinero. Nunca antes había visto un dólar e intenté compararlo con la moneda que conocía, pero se me hizo imposible. Me iba caminando hacia el chinito que quedaba en la esquina de la Vía Argentina y al pagar, le extendía mi mano con las monedas. Agarra las que necesites, le decía. Comprendí que debía aprender sobre las monedas. Fui muy mala en las matemáticas, siempre me copié. Nunca pude coordinar con los números. Pero bueno, esto era algo serio. Por lo tanto, cuando llegué a casa, me senté cerca de la ventana y las coloqué en fila justo al borde de esta. El sol entró con fuerza y las iluminó en el cristal. Primero la de 1 centavo, 5 centavos, 10 centavos, 25 centavos, 50 centavos y la de 1 dólar. Ahora tenía que contar. Si juntaba la de 10 con la de 5, es quince. Dos de 25 es 50 centavos (es muy común usar ambas). Si tenía dos más de 25, era 1 dólar. Luego tenía que aprenderme sus colores, formas y tamaños. La más grande era la de 50 centavos. Mucho más grande que la del dólar, pero no era muy común verlas. Yo la veía abarcar un pedazo enorme en mi palma.
Serás mi favorita, le dije. Solo porque estás grande.

Me pasé todo un mes intentando comprender el dinero. A veces me confundía, pero casi siempre tuve a alguien cerca para ayudarme mientras retrasaba una fila enorme de personas intentando comprar.
Lo siento, soy extranjera, les dije. Extranjera. Esa palabra sonó tan extraña… Se me apretó el estómago.

En los días siguientes que volvía al chinito, le extendía las monedas o los billetes con una sonrisa de triunfo. Él, riendo, contaba el dinero.
Ya me los sé, le decía enojada.
Me dio el cambio.
Yo me quedé mirando las monedas que me entregó.
Joder, ¿cuánto me cobró?