3

 Solo tenía que llevarme lo necesario. No podía quedarme mucho tiempo paseando por los pasillos, viendo los largos estantes, distintas marcas, pensar en cuál me ahorraría más dinero. No. Debía tomar lo de siempre, lo de confianza, sin fijarme demasiado en los productos nuevos. Me apegaba a la lista que yo misma había escrito, pero que era imposible memorizar. Mientras tiraba las cosas en mi bolsa, un breve instante de ansiedad me hizo detenerme. Puede ser el tapabocas, que era como si algo me estuviera ahogando o también puede ser por el calor. El calor de Panamá es abrazante, húmedo.  Cuando venían esos instantes, me daba miedo. El miedo no solo viene en circunstancias extrañas, paranormales. Viene también cuando algo en nuestro mundo se desencaja y pierdes incluso la noción del tiempo. Caminé hacia dónde estaban unas largas neveras abiertas, que eran las que utilizaban para poner los quesos. Me acerqué como si estuviera intentando elegir entre algunos de ellos para que el frío me pegase en la cara. Suspiré, sintiendo como mis músculos volvían a relajarse y la ansiedad se iba antes de aparecer del todo.

Tengo que terminar esto.

Necesito regresar.

Nunca me gustó salir mucho de casa, me sentía cómoda así, lejos de todo, ajena a las locuras del mundo afuera. Yo misma me creaba mis locuras dentro. Pero cuando comenzó la cuarentena, fue diferente. Antes podía elegir si salir o no, y ahora no tenía elección. No podía salir. Ni para ver a los pocos amigos que tenía, ni para hablar con un grupo de personas de lo que me gusta y nos gusta, ni mucho menos para comprar un helado. Quedarse en casa era la regla. Por supuesto que algunas personas salían, las empresas necesarias seguían abiertas. Contaban con salvoconductos que le daban el gobierno. Un papel que decía que trabajabas en algo importante para todos y tenías libertad de salir en el horario estipulado. Al inicio no se veía mucha gente en la calle, ni tantos autos. Pero a medida que empezaron a pasar los días, aumentaron los autos y las personas. Ahora todos tenían salvoconductos. O nos moríamos por el virus o nos moríamos de hambre. Pues la cuarentena cumple su función durante un periodo de tiempo, pero no es para siempre. No podíamos estar un año encerrados hasta que encuentren una vacuna efectiva. El virus había llegado para quedarse.

Mientras observaba a la gente caminar distantes, con los tapabocas, en sus autos, rociando alcohol en sus manos, sin hablar, sin mirar… sentí una extraña necesidad de que todo volviera a ser como antes. Pero, ¿no era esa normalidad las que nos llevó hasta aquí?

Recuerdo lo mucho que lloraba. Extrañaba a mi país, mi gente, lo conocido. Todas esas sensaciones se mezclaban con una ansiedad que fue creciendo a través de los años. Cuando salía a caminar por las calles de la Ciudad de Panamá, intentaba conectarme con un lugar que recién conocía. Con aceras que nunca había caminado, con lugares que nunca había visitado, con personas que nunca había visto. Conectar. Esa es la palabra que todo extranjero se somete cuando emigra de su país. Cuando entré en la universidad, dejé de llorar. Eso no quiere decir que dejé de extrañar mi país, solo que lo guardé a un costado de mi cuerpo por un ratico. Me concentré en mis estudios, pues me gustaba mucho la publicidad y el mercadeo. Me divertía creando cosas con gente que después de todo, no eran tan distintos. Comprendí que aunque éramos parte de países diferentes, también llevábamos sangre latina en nuestras venas. Y a donde fueras, cualquier latino es capaz de reconocer a otro. Somos parte de una cultura universal. De una misma identidad.

Entonces,
¿Por qué nos tiramos piedras? ¿Por qué no nos aceptamos?
Ese pensamiento se mantuvo conmigo durante un buen tiempo.