Publicado en el libro Evidencias, seis cuentistas venezolanos residentes en Panamá. 
Editorial Foro/Taller Sagitario Ediciones. Panamá. 2019.

 

 

Fronteriza

 

«Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado»
Jorge Luis Borges

 

Mientras camino por la acera húmeda de una ciudad agitada, trato de recordar todo lo que ocurrió para llegar a este instante. La lluvia me golpea con fuerza y, a pesar del viento en contra y el agua sobre mi cuerpo, sigo caminando. Me aferro a mi ropa empapada y levanto el rostro hacia un cielo que se me viene encima como un ardor líquido, interminable. Siento como si varias manos se agitaran a mi alrededor en búsqueda de algo. ¿Qué es? ¿Una emoción? ¿Una idea? ¿Un trozo de mi piel? Cómo si yo pudiera sentir sus manos, abrir sus corazones, penetrar sus mentes. Me paso los dedos por el rostro y sacudo las gotas de agua que resbalan por mis mejillas. ¿Es acaso la lluvia? Presiento miradas en mi espalda, cuchicheos cercanos que parecen provenir de un lugar conocido. ¿Quién es esa chica? ¿Por qué camina bajo la lluvia sin guarecerse? ¿Cuál es su historia? ¿Será extranjera?

Sí, soy extranjera. Una mujer que dejó atrás lo que conocía para ingresar en un lugar donde nadie la conoce, donde nadie puede realmente conocerla. Por eso la gente me pregunta quién soy y hacia dónde me dirijo. Qué puedo saber les digo sin abrir los labios. Por eso también mi ceño fruncido la mayoría del tiempo, la mirada extraviada en algún recuerdo que no adquiere la consistencia de una memoria verdadera. No puedo asir mi pasado, ya no, se me desliza entre mis manos como la lluvia que no cesa de caer como miles de horas detenidas. No recuerdo de dónde vengo ni hacia dónde voy, me repito. Solo sé que llevo conmigo un peso demasiado grande, un peso que he tenido que soltar en cada paso que doy pero que aún hace tambalear mis rodillas.

Sigo caminando bajo la lluvia. Tiemblo y avanzo. El país al que llegué es borrascoso, húmedo, sofocante. El primer impacto del clima me dejó con gripe durante varias semanas, el segundo me hizo recordar cuán voluble es la naturaleza. A veces llovía durante mi trayecto, pero unas cuantas cuadras más adelante dejaba de llover. Entonces regresaba hacia la lluvia. Había terminado por reconfortarme. Era como si el agua limpiara mis malestares y mis olvidos. Bajo su ímpetu he llegado a pensar que el inmenso peso que llevo como un karma tal vez sea solo una ofrenda.

A pesar de mis silencios, de esa imperiosa necesidad de no decir nada a nadie, en mi cabeza anidan ruidos profundos que no logro acallar. Entonces me siento a escribir lo que esos sonidos me gritan en secreto. Trazo rayas firmes que solo cubren de blanco lo blanco de la página. Escribo sobre mojado. Luego vuelve el silencio.

He de admitir, con un poco de vergüenza, que no me interesan los grupos humanos, las aglomeraciones, la gente en general. Entro a lugares de donde quiero salir antes de entrar y hablo con personas con las que no quiero hablar. A veces una sola persona a mi lado es suficiente. Pero solo a veces. También en esos gestos me reconozco fuera de lugar, de mi lugar. La gente es un país al que no pertenezco.

Mis pasos se mezclan con otros pasos más pausados, pero que se mantienen en una misma sintonía. Ahora la siento cerca, reprochándome que sus zapatos se sumergen en el agua, que tiene el cabello mojado y que quiere regresar a casa. Procuro decirle que ya no podemos volver, pero antes de decir nada un taxi amarillo pasa volando y nos salpica el agua en todo el cuerpo, luego bloquea el paso a otros vehículos que intentan seguir su camino, hasta que desaparece al voltear una esquina. Los sonidos de las bocinas me alteran los sentidos. Ella se queja y me pide que regresemos. Intento recordarle que fue ella la que me convenció de abandonar nuestro hogar. ¿No lo recuerdas? Porque yo sí y puedo recordártelo. Silencio y lluvia.

Se me mete el agua dentro de los zapatos y tiemblo un poco. La humedad me hace sentir sofocada, pero sigo en pie. Parece un camino sin retorno, repleto de personas que transitan de un lado a otro sin brújula ni mapa. Un niño me esquiva corriendo y antes de internarse en la entrada del metro, arroja al piso una lata de jugo. Su padre lo sigue de cerca, lo toma de la mano y empiezan a caminar juntos. Ninguna reprimenda por no botar la basura en su lugar, por casi tropezarme. Una mujer ayuda a una señora a cruzar la calle. La ansiedad de los conductores provoca que la señora caiga en medio del tráfico, del calor del mediodía. Todo me hace enfurecer y termino maldiciendo en voz baja. ¿Por qué el mundo anda tan deprisa? No entiendo de velocidades cuando lo que deseo y acaso he conseguido es esa especie de quietud que me produce caminar sin llegar a ninguna parte.

Ella vuelve a acercarse y me indica que es complicado pero que estamos mejor donde estamos. Hemos llegado aquí por ti, recuerda, le digo con no poca impaciencia. Mis manos crispadas bajo la ropa. Le recuerdo que no puedo regresar, que aquello ha sido destruido. Todo fue sumido en la hambruna y el miedo, el peligro y el asco. Tenemos que hacer amigos, me dice. No me gustan los amigos, le repito entre dientes. Entonces ella guarda silencio, lo guarda muy adentro como si lo ocultara o lo protegiera. Ese silencio me reconforta.

Por eso quizá los libros. Los únicos que pueden entender la frialdad de mi alma, la veleidad de mis sentimientos, las penumbras de un pasado que se aleja y resquebraja. En eso pienso al llegar a mi casa. Digamos que es mi casa donde me quito el impermeable y me dirijo hacia mi biblioteca con los pies descalzos, empapados. En los libros nadie espera nada de mí. No hay manos alrededor, no hay personas que quieren quedarse con un trozo de mi piel. Solo personajes. Personajes como yo y como tú, le digo a ella. Y mientras acaricio el lomo de un libro con mis dedos, recuerdo lo último que le escribí: «Quítame a esas personas de encima. No quiero que se lleven mis recuerdos. Quítamelos. Los aborrezco». Entonces llegó empapada también de lluvia y se los llevó a todos. Mi habitación en ese entonces se quedó sola y yo sigo aquí, con los ojos fijos en el libro, rayando su nombre y diciéndole en voz baja que gracias, muchas gracias, por llevárselos.

Me levanto, dejo el libro en una mesa y entro en una habitación que he deseado mía. Sé que he cerrado los ojos, pero no puedo dormir. Esas otras manos persistentes regresan a mi cabeza. Las bocinas de los autos vuelven a sonar, alguien está gritando, el agua lo invade todo. Vuelvo a llamarla. Pero esta vez no regresa.