Salvoconducto | Adalber Salas Hernández

Book Title: Salvoconducto

Book Description: Mientras escribo el poema, me digo que en él la palabra muerte no dice nada, no tiene densidad, no hace más honda la boca. El poema no sabe de la muerte, como tampoco sabe de la música que llenará mi cráneo cuando quede vacío. Ese mismo cráneo que nadie tomará entre sus manos para anunciar que data del siglo XXI, qué período remoto, qué tiempo bárbaro, qué época de luto. Ese mismo al que nadie hablará, llamándolo Yorick, ser o no ser, pudiera estar atascado en una cáscara de nuez y tenerme por rey de espacios infinitos, y creer que la palabra muerte sirve de algo. Ese mismo que nadie hallará por azar en una fosa común en Sudán o en Serbia, en Vietnam o en Catia. Ese cráneo, digo, ese cráneo mío, que sabrá que el poema es sólo un relato que se hace la muerte, que se vale de nuestras manos para decirse, para verse. Esto lo sabrá mi cráneo, será lo único que sepa, cuando permanezca quieto, sonriéndole al barro desde su vientre. Gusanos breves colgarán de sus cuencas, velarán sus sueños sin palabras.

Book Author: Aldaber Salas Hernández

Book Edition: 2015

Book Format: Paperback

Date published: 2015

Reseña.

Este poemario es la cruda realidad de un país que se tambalea y que se hunde en el caos de la sociedad. Una que está desintegrada casi por completo. En estos textos, Adalber es simplemente un ciudadano que recuerda los espacios de oscuridades de un país en el que muchos tuvimos que huir. En algunos casos, claro, se puede entrever una luz de belleza. La memoria vacía, los cadáveres, el horror humano. Es un poco difícil no sentir que estos textos me tocan, teniendo en cuenta que estoy leyendo a un poeta venezolano y que ambos hemos experimentado los mismos terrores e indignación. Sobre todo la indignación. Siento que nunca acaba, que se expande y que nos mueve desde cualquier parte del mundo. Este libro está compuesto de belleza, oscuridades, crítica, ironía, dolor y memoria.

En varios momentos tuve que hacer una pausa para tomar unos segundos de aire y bajar la rabia que me es imposible olvidar cada vez que leo sobre lo fracturada que está Venezuela. Un país que a veces lo siento tan cercano y al mismo tiempo, tan distante. En ciertos instantes recordé la melancolía y la inspiración de la muerte en Edgar Allan Poe, sobre todo en este texto:

Mientras escribo el poema, me digo que en él la palabra muerte no dice nada, no tiene densidad, no hace más honda la boca. El poema no sabe de la muerte, como tampoco sabe de la música que llenará mi cráneo cuando quede vacío. Ese mismo cráneo que nadie tomará entre sus manos para anunciar que data del siglo XXI, qué periodo remoto, qué tiempo bárbaro, qué época de luto. Ese mismo al que nadie hablará, llamándolo Yorick, ser o no ser, pudiera estar atascado en una cáscara de nuez y tenerme por rey de espacios infinitos, y creer que la palabra muerte sirve de algo. Ese mismo que nadie hallará por azar en una fosa común en Sudán o en Serbia, en Vietnam o en Catia. Ese cráneo, digo, ese cráneo mío, que sabrá que el poema es sólo un relato que se hace la muerte, que se vale de nuestras manos para decirse, para verse. Esto lo sabrá mi cráneo, será lo único que sepa, cuando permanezca quieto, sonriéndole al barro desde su vientre. Gusanos breves colgarán de sus cuencas, velarán sus sueños sin palabras.

Creo que Adalber me colgará del poste más alto de Panamá después de saber que taché varios de sus párrafos porque no podía perderlos. Eso sí; lo hice con lápiz, por si en algún momento recuerdo mi infamia y tengo que borrar mis tachaduras. Aunque… Qué va, lo más probable es que queden ahí por mucho tiempo, por si regreso a él.